viernes, 24 de junio de 2016

Nostalgia I

En la cajita llamada Nostalgia
es que guardo la humedad de los ojos

Esa que siempre se escapa
no sé cómo y
encuentra de inmediato
la manera de trepar 


Se instala directo en mi cabeza
con un disfraz de pensamiento

Enmascarada
empieza a platicarme
todas estas ideas
que me hace creer que tengo


Me pone en el camino
señales que dicen Futuro

Entonces yo sigo la ruta
que en un invariable giro
termina por regresarme
de vuelta al Pasado


Y es así que en un retorno
hallo esas calles de antaño
donde los ruidos
donde los colores
me recuerdan la imagen
que tengo de mi propio rostro


Doy un respiro largo y profundo
y es su olor que la delata

Porque aunque es la tierra aquélla
sobre la que crecí
hasta ser del tamaño
que hoy me hago creer que tengo


estoy de pie en otro suelo
respiro distintos aires
voy recorriendo un camino
que mis pasos no conocen
que mis ojos no buscaron
que con mis manos no urdí


Para cuando me doy cuenta
ya estoy lloviendo de nuevo 

Pero no importa
es verano
y nunca está por demás
dejarse mojar un rato





viernes, 27 de mayo de 2016

De la mano

Nos damos la mano. Tú vas de blanco; yo, de verde.
Sentadas. Tú, al lado mío.
Sentadas. Yo, al lado tuyo.
Tú estás de verde; yo, de blanco. Nos damos la mano


Pero no nos vemos a los ojos.
Mirando hacia el frente, pensamos.
Tú, en mí; yo, en ti. Pensamos
En cómo late el corazón.


Un sólo corazón. Late
De tu pecho al  mío, el corazón
Late
De mi pecho al tuyo, el corazón
Es uno sólo porque tú y yo


Podríamos ser una misma persona
Pero no
Somos la misma persona
Tú y yo. Pensamos


En cómo los ojos no se miran
Porque no queremos conocernos.
Hay que estar distantes.
Hay que ser distintas


Tú y yo.
Nos damos la mano y
Nos sentamos la una al lado de la otra
Porque esa es la manera
De no estar sola.





jueves, 19 de mayo de 2016

Sólo un texto

El caldo burbujea sobre la hornilla trasera de la estufa. Es res, es tomate, son granos de elote. Es la cena.

La ventana de la cocina está abierta para dejar escapar los vapores y el calor. Afuera sólo hay tarde; un luminoso jueves de mayo que transcurre sin prisas, pero no aletargado.

Desde mis pies, sube hasta mi cara el aire del ventilador que me sigue de cuarto en cuarto, como un perro lazarillo sin cuya ayuda yo fácilmente podría sofocarme.

Es el principio del verano. Es el final y el inicio de mi año.

El día en que me toca apagar las velas del pastel está cerca, y me alegra saber que esta vez no siento nervios, no tengo miedo.

Me serví una cucharada de sopa en una jicarita de barro; la dejé enfriar a la orilla del fregadero y ahora voy a probarla. Después quiero tomar un baño y arreglarme para salir. Esta noche comienza el fin de semana en el que cumplo 37 años.

La sopa está lista. Yo también lo estoy.







jueves, 12 de mayo de 2016

A mi tío

El tiempo tiene arrugas y dobleces, fisuras y grietas; está lleno de recovecos en los que van cayendo las cosas que hacemos y las que no, las cosas con las que fantaseamos, con las que soñamos, las cosas a las que tememos y de las que nada queremos saber.

Y resulta que nosotros caminamos, con nuestros dos pies bien puestos sobre la tierra, tirando por aquí y por allá fragmentos de lo que somos. Ni cuenta nos damos de lo que se nos cae en esas rendijas de tiempo, hasta que de pronto un día, así porque sí, damos un paso en falso y vamos a parar a un oscuro resquicio en el que nos topamos de frente con un pedazo de nuestra historia, un trozo de la existencia que puede resultarnos familiar, o completamente desconocido.

Hoy yo caí por un agujero tal. Como muchas otras veces para mí, todo empezó cuando abrí un cajón de mi escritorio. Igual que en muchas otras ocasiones, andaba buscando una palabra, pero me encontré a una persona.

Es raro toparse con alguien que ya no existe. Un ser que vivió ya su vida entera, de principio a fin; por lo menos aquélla en la que uno los conoció. Porque yo no sé cuánto haya de cierto en ese asunto de las reencarnaciones; pero, si esta persona a la que hallé hoy tenía algo de razón en sus creencias, bien podría ser que él se encontrara ya viviendo otra vida, una en la que no sé si algún día lo conoceré.

Él solía decirme que no era nuestra primera vida juntos. En ésta que es la mía por el momento, él fue mi tío. No sé qué parentesco nos habrá unido antes. Y sobra decir que desconozco también el vínculo por el que podríamos volvernos a juntar.

Lo que sí sé es que hoy él estaba esperándome en ese cajón, agazapado en la página de un cuaderno hermoso y viejo. Allí lo había dejado aprisionado sin querer.

Hoy abrí ese cuaderno y cambié algunas de sus letras. Le di otro inicio a esa historia, la historia que escribí para hablar del final de esa vida suya en la que fue mi tío.

Un tachón con tinta a las palabras que en otro momento escribiera en lápiz, y ahora él está libre; al menos de esa línea en la que hace años apagué una luz, y después describí cómo la esencia de mi tío se iba quedado encerrada entre las cuatro paredes de un cuarto imaginario.

Hoy abrí las ventanas de aquel lugar. Dejé entrar el aire. Permití que la brisa corriera y se llevara el polvo, el sudor, el llanto.

Hoy decidí celebrar la vida de mi tío, en lugar de recordar su muerte. Porque sí, estoy convencida de que hoy, un día después del que hubiera sido su cumpleaños 65, mi tío vino a visitarme.

Si algo de lo que él me dijo tantas veces es cierto, hoy recibí la visita de un ser de luz que volvió a este mundo con antojo de pay de limón. Supongo que él hubiera preferido una generosa rebanada de los Coronado de Clavería, adornada con una capa de esponjoso merengue. Yo no sabía que era para él, así que compré en el supermercado un postre congelado con sabor a pay. Pero ahora que entiendo que el antojo no era mío, prometo buscar algo que se le parezca más a esa tarta que tanto le gustaba y comer una buena porción en su honor, después de cantarle las mañanitas.



jueves, 21 de abril de 2016

Tentempié


Elegí el té de arroz
y
las rosquitas de avena
que
         (en mi mente)
tienen el color de la tarde
(un poco seca, quizás algo rugosa)



Me siento a comerlas
en
este espacio pequeño
poniendo atención
a
       (lo que dicen los ruidos de)
la calle




Porque es así
                     (a veces)
que
(te)
encuentro
                     (en)



Esa otra ciudad
donde
crecimos
(tú tanto, tanto; yo, apenas un poquito)



Esa otra ciudad
donde
nos vimos
(tú me tomaste de la mano; yo te dejé hacerlo)



Esa otra ciudad
tan lejana
(ya)
de la que
               (hace tanto tiempo)
escribo



Esa otra ciudad
en que un buen día
nos preparamos un té con galletas
y nos sentamos
juntos
a platicar del futuro.




sábado, 16 de abril de 2016

Las manchas del sofá


El día había sido brutal. El sol parecía haberla seguido por doquier, dándole latigazos directo a la cara. Llegó al estudio-apartamento con un intenso deseo de tomar un baño helado. Sin embargo, el diminuto espacio de la regadera había acumulado el calor de la tarde, y el agua se sentía tibia sobre la piel. Sin haberse enjabonado siquiera, salió de la ducha, se secó apenas, y se cubrió con nada más que una enorme playera un tanto percudida.
Como única cena, tomó del frutero el último plátano, ya bastante ennegrecido.  Lo comió de pie, recargada sobre el fregadero de la cocineta. Al acercarse al bote de basura para tirar la cáscara vacía, alcanzó a ver tres o cuatro hormigas a las que aplastó con el pie descalzo. En un alto vaso de plástico que mantenía siempre dentro del refrigerador, se sirvió agua de la llave y la bebió de un precipitado y largo trago.
Esa noche decidió no convertir el sofá en cama; se recostó directo sobre el forro desgastado sin reparar demasiado en las manchas que ya estaban allí cuando ella llegó a ocupar ese cuartucho amueblado que rentaba por semana desde hacía casi dos años, tal vez incluso más. ¿Serían ya tres?
Todavía recordaba la angustia y el asco que había sentido en el momento en que, por primera vez, se dio cuenta de que en ese asiento desvencijado y sucio tendría que pasar sus horas de descanso. “Es temporal”, se había dicho a sí misma para consolarse; el optimismo estaba todavía al alcance de su mano.
Aquella vez había tendido la cama con sus sábanas limpias, aún frescas; se había esforzado en cubrirlo perfectamente para que, mientras durmiera, ningún pedazo del mueble fuera a entrar en contacto con su piel, en especial la de su cara.
Ahora eso ya no le importaba. El tiempo se había encargado de desgastar su esmero y, con cada día que pasaba, un nuevo rasgo de su escrupulosa personalidad desaparecía, alimentando así el caos en que se estaba convirtiendo su existencia.
Y se daba cuenta, ¡vaya que se daba cuenta! Pero la voluntad que requería para abrir los ojos cada mañana, ponerse de pie y salir a otra jornada sofocante y seca, le había ido restando fuerzas a ese empeño que hoy no parecía más que un desfallecido recuerdo.
Tenía la ligera impresión de haber llegado a esa nueva ciudad portando un anhelo, tan reluciente y franco como lo había sido su mirada.
Luego, todo se había ido secando, y en su cabeza sólo quedaban algunas cenizas que, en ciertas noches, invocaban mediante un sueño a esa otra persona que ya no era ella.

sábado, 9 de abril de 2016

Lluvia de abril

Esta tarde está lloviendo. Más bien, la lluvia de esta tarde paró hace unos cuantos minutos. Pero es sólo una pausa, lo sé. En un rato más, estoy segura, el agua retomará su caída.

  Por ahora, sólo las gotas que se descuelgan del techo o de alguna rama, aquéllas que se quedaran varadas en algún rincón o recoveco, se patinan, escurridizas, y se hacen infinitamente más presentes que si hubieran emergido unos instantes atrás, cuando todavía era un batallón lo que vertía del cielo.


  Son sabias, esas últimas gotas, porque es éste el momento más bello en una tarde lluviosa: el remanso.


  Un rato de calma entre la tormenta que recién amaina y la que ya amenaza. La cortina líquida se alza y deja al descubierto un mundo amplificado: olores que penetran la razón, colores que endulzan la memoria... el verde de la hoja, el rojo de la rosa, el azul de la violeta.


  Este lugar en el que viven, en el que vivo yo también, debería ser un desierto. Pero la voluntad del hombre con sus máquinas para cargar y cavar y regar lo ha convertido en una especie de bosque tropical algo reseco; alimentado artificialmente con incontables toneladas de semillas traídas desde lejos, y el agua expulsada por los miles de aspersores que puntualmente cumplen su diaria misión, sobrevive la aridez a duras penas.


  Pero las plantas lo saben tan bien como yo, que no es lo mismo.


 Por eso, en días como el de hoy, en estos despampanantes días nublados y lluviosos, árboles, arbustos, flores y enredaderas; cactus, helechos, pinos y palmeras; céspedes, pastizales y praderas, todos se animan, se visten de fiesta.


 Yo los acompaño y celebro a mi manera: con una caminata mojada y repleta de respiraciones profundas con las que absorbo hasta la última gota del paisaje.


  Y es que me he vuelto una especie de planta desértica, de esas que acumulan agua en su raíz para lograr subsistir en los días calientes y soleados.

  Porque el líquido que brota de las tuberías podrá mantenernos con vida, pero no posee el encanto de la lluvia, esa especie de magia que hechiza y ensancha, no sólo las raíces, sino también el alma.