domingo, 15 de enero de 2017

Versos


Puedo escribir los versos más tristes esta noche
-Pablo Neruda

Puedo escribir los versos más tristes
esta noche
Escribir por ejemplo que me siento
invidente
en el país más ególatra del mundo
en donde las ventanas miran todas
hacia adentro
a paisajes pintados con sus propios
pinceles
con manos entumecidas de sostener espejos
en que brilla el vacío de la única mirada
que se permite tener a millones de ojos.


Puedo escribir los versos más tristes 
esta noche
Escribir por ejemplo que me encuentro
inmóvil
en un país adolescente eterno
donde no hay calles viejas
ni caminos de antaño
en que los pasos no suenan porque 
los pies cansados
calzan zapatos mudos de suelas
como aire
aire caliente que mata las raíces 
de las plantas de todos los andantes.


Puedo escribir los versos más tristes 
esta noche
Escribir por ejemplo que me sé
impotente 
en el país más poderoso del planeta
en donde los puños se baten 
con saña
y se estampan furiosos sobre tierras
remotas
tierras como la mía a la que extraño
de lejos
esperando volver a refugiarme en su lecho.


Puedo escribir los versos más tristes 
esta noche
Pero elijo dormir para llenarla
de sueños
esos sueños que pinto sentada
a la ventana
de mi propia visión que es la casa
que tengo
casa de vidrios amplios enmarcados en 
blanco
por los que entra la luz cada mañana
Mañana como siempre me levanto
a cantar y escribir versos que andan.








miércoles, 4 de enero de 2017

Mé-xi-co

Qué sé yo del maíz y de la tierra
Qué sé yo del huarache y de la sierra
Qué sé yo de la masa y el comal
Qué sé yo de la quema del copal

Qué sé yo del curtido del cuero
Qué sé yo de las llamas del cerro
Qué sé yo de los hilos trenzados
Qué sé yo del hechizo en tu canto

Lo que sé es que en tu voz oigo un llanto
Que me busca en las noches sin ti
Lo que sé es que me inunda tu embrujo
Que alimenta mi alma sin fin

Eres espina de maguey clavada
En la planta de mi pie
Mientras más lejos vayan mis pasos
Más profundo en el ser te llevaré









martes, 27 de diciembre de 2016

Manifiesto trasnochado o De lo que debió haberse quedado en mi diario II

¿Para qué custodio los espacios vacíos?
¿Para qué resguardo las páginas sin fecha?

Esta noche va en blanco porque la mente no detiene su pensar.
Esta noche va en blanco porque el cerebro suelta pociones que lo mismo elevan y derrumban el espíritu.
Esta noche va en blanco porque la pluma y la hoja callan en la boca, hablan por la mano, gritan en el alma.
Esta noche va en blanco porque el amor, la envidia, la nostalgia, el miedo, las ganas, la desidia, el desconcierto y la pasión se manifiestan en una clara visión.

Nací para olvidar todo lo que no sé cómo se escribe.
Nací para escribir todo lo que no sé cómo se olvida.
Nací para llenar las noches insomnes, para retacarlas con las letras soñadas.
Nací para buscar que en todas mis páginas haya una fecha, que en todos mis espacios haya una palabra.

Eso es lo que quiero.
Y eso es lo que hago.









lunes, 12 de diciembre de 2016

Pequeña caminata nocturna


Uno tras otro
                     Los pies


Uno tras otro
                    Los pasos


Uno tras otro
                   Los grillos



         Aparecen en la sombra
                 de esta noche
                en que voy sola












miércoles, 30 de noviembre de 2016

Text and drive-thru


Las vi llegar, una cajita metálica tras otra. Yo también estaba allí, iba saliendo del lugar. Me dirigí hacia las líneas blancas que indican la ruta que debemos seguir los que sí entramos al local, los que llegamos a pie; los míos se sintieron fuera de sitio al tener que moverse entre tantos neumáticos, como usurpando terrenos que ya no están pensados para caminar. Dispuesta a cruzar, busqué un rostro, la mirada de un conductor que confirmara mi presencia antes de que un paso más me pusiera directamente frente al vehículo que avanzaba muy lentamente, pero sin detenerse un instante. A la altura de los ojos, encontré una frente; la vista, clavada en ese espacio incorpóreo al que ahora vivimos sujetados tan firmemente como nuestras manos al aparato electrónico que no podemos dejar ir, que no queremos soltar ni siquiera cuando vamos al frente de un volante que requiere de nuestra dirección. Y así salí, entre los carros que llegaban en un flujo constante, como traídos por una cinta transportadora que acarrea, uno tras otro, a un sinfín de cibernautas, todos ellos hambrientos, sin ganas de bajar de sus naves, ni de mirar el camino.








jueves, 3 de noviembre de 2016

Dos-de-noviembre

La casa huele a cempasúchil, a pan de muerto, y  al café con leche que recién preparé para la ofrenda. El ambiente es tibio en contraste con el leve frescor que se cuela a través de las ventanas abiertas, por donde también pasa el sonido de los autos que recorren despacio la breve calle en la que ahora vivo; el trinar de los pájaros sobre los árboles camino al parque; los pasos de dos o tres peatones, alguno acompañado por su perro, alguno otro por sus hijos pequeños; el canto de las campanas de viento suspendidas por un cordón transparente frente a la puerta de la vecina.

    El gato va de habitación en habitación, de ventana en ventana. En alguna de sus vueltas, llega a la cocina y se encuentra conmigo que leo junto al plato con los restos del pan que comí de desayuno. De un solo salto, el gato sube a la mesa y aterriza a un centímetro del plato, inspecciona las moronas con la nariz, y de inmediato las rechaza como algo que no le interesa probar. Entonces levanta la cara, me mira de frente y maúlla. Yo lo alzo en un abrazo que lo pega a mi pecho, rasco suavemente su cabeza, y le doy un beso. Él ronronea un instante, y al instante siguiente me empuja con la pata, da un brinco hacia el suelo y, muy tranquilo, se aleja.

    Lo veo subir al sillón de la sala, acomodarse en la hendidura de entre los cojines, comenzar a acicalarse lamiendo sus patas, su cola, su cuello. Se acerca el mediodía: es hora de su siesta.

    Yo voy a poner agua a hervir mientras lavo los trastes que se quedaran varados a orillas de mi lectura. Cuando el agua esté lista, haré una taza de té de limón. Voy a pasarme a la sala y encenderé una vela, pondré algo de música y regresaré a la terraza en la novela, allí donde un gato se prepara a tomar una siesta. Junto a él, la muerte aguarda vestida de anciana; una triste vieja que, con un finísimo hilo negro, teje el mantón con el que ha de cubrir a esa otra mujer que no sabe aún que ya la esperan.








viernes, 7 de octubre de 2016

A Tláloc

I
Sucede que me canso de sudar
Sucede que me canso del calor
Sucede que aquí nada sucede
Sino el sol
Sol
Sol
Sol
Que se derrama
A requemar
Lo  
Ya
Quemado


II
Sucede que el paso se alenta
Sucede que el camino es solo arena
Sucede que aquí nada se mira
Sino el sol
Sol
Sol
Sol
Que se avecina
A resecar
La
Ya
Sequía.









V. Efraín Huerta, "Tláloc".