viernes, 28 de septiembre de 2018

Volver sin haberse ido

Algunas veces regreso
sin saber de dónde vengo

Pero sí sé que me fui
que no estuve
que a cierta hora volví

De golpe cae en mis ojos
todo el peso de la luz
cuando
recién los penetra

Como cuando
en las mañanas el sol
sin permiso
entra

O como esas madrugadas
en que
casi de la nada
se enciende dentro una llama
que aviva el calor del alma

Entonces veo mi cara
y fijamente me miro
Allí estoy
siempre en mi sitio
del que no me he movido





































jueves, 30 de agosto de 2018

Inevitable II o De un cierto pesimismo ocasional

Los cuerpos empiezan a desgastarse
una pierna, un brazo, los dedos


La vista falla:
   pareciera que los ojos se cansan de buscar
La voz se calla:
  pareciera que la boca se cansa de implorar


Los pasos se hacen inciertos
porque los pies ya no saben el camino
Lo que antes fue arriba ahora está abajo
los nuevos paisajes se han quedado atrás


Y las caras que siempre habían tenido una sonrisa
ahora nos miran mal


Todas esas voces familiares
¿cuándo se callaron?

¿Cómo fue que las dejamos de escuchar?



Todos esos sitios habituales
¿cómo es que cambiaron?

¿Cuándo fue que los dejamos de ubicar?



Somos, éramos, fuimos

Nada puede escapar a su final































viernes, 27 de julio de 2018

Sueños II: Sin salida


Me levanto
apurada, camino
busco una salida
¡Una puerta!


Veo la manija
Voy a girarla
más se evapora
como si fuera de agua


Como este sueño
del que despierto
al darme cuenta
de que aún estoy dentro.



























miércoles, 11 de julio de 2018

En casa



Conocer la tierra en que pones los pies, entender el camino por donde te lleva, reconocer a qué huele, a qué sabe, y cómo se siente en la piel



Eso… es estar en casa
























viernes, 25 de mayo de 2018

Que siga la cuenta

Nací en el centro
nací
en el ombligo de la luna.
Justo a la mitad de la cadena alimenticia:


No soy de los de hasta arriba
ni soy de los de hasta abajo
Nací en el medio.


Nací el mes cinco de doce
la hija tres de cuatro.


Soy talla promedio
de altura promedio.


Cuando voy a comprar zapatos
siempre hay un número más grande
y uno más pequeño


Pero del mío ya no
porque tengo el pie del mismo tamaño
que la mayoría de la gente.

Ni muy muy
ni tan tan.
Sólo soy yo

y soy
sólo lo que tengo que ser:
                                                      YO.


Yo, un año más ¿vieja?
     un año más ¿sabia?
     Un año más…
 
 
     viva.


Eso sí, viva.


Y también
un año más yo.


Con éste, van 39. Y que siga la cuenta.
























martes, 15 de mayo de 2018

La venganza de la araña


     Sus patas estaban en el aire. Así las encontré: todas torcidas y tiesas. De inmediato supe que estaba muerta. Pero, ¿cómo había llegado allí? Eso quizás jamás podría explicármelo, y es, entre otras, una de las cosas que me aterra de las arañas: nunca se sabe de dónde salen, ni dónde pueden aparecerse. De pronto ya las tienes ahí, frente a los ojos. Pareciera que todo el tiempo están vigilándote desde sus oscuras esquinas, listas para salir al ataque, para perseguirte adonde vayas, desplazándose veloces sobre sus ocho extremidades. Pero esta araña no iba a seguirme a ningún lado, porque desde que la encontré ya estaba así, patas pa’arriba, muerta. 


     De todas formas, la pisé. Porque no puedo controlar esta aversión, este instinto. La pisé y grité y le salté encima y hasta acabé agarrándola a escobazos. Después fui a buscar un pañuelo desechable para recoger de mi piso su arácnido cadáver. Ya que la tuve envuelta en aquél suave féretro, me dirigía yo hacia el bote de basura cuando empecé a sentir una especie de cosquilla a la altura del tobillo, comezón tras las orejas, y un hormigueo en la espalda. Todas éstas, sensaciones que me invaden siempre que tengo un encuentro cercano con un insecto.


     “No se te pudo haber subido”, me dije, “está atrapada en esta bola de papel y, por si eso fuera poco, está bien muerta”. Pero el cosquilleo persistía; lo que es más, podía notarlo trepando por mi pierna. Iba a voltear a verme, sentí el impulso de sacudir mi pantorrilla con la mano libre, la mano en la que no traía el pañuelo hecho bolas, el pañuelo que encerraba el cuerpo inerte —de eso no cabía duda— de aquella araña que había irrumpido en mi día. 


     Decidí no caer en esas tentaciones. “Basta de ceder ante tus manías”, me recriminé, “tienes que usar la razón. La araña está muerta. Aquí la traes, en el puño”. Pero el cosquilleo no cesaba, iba más allá de la rodilla, casi a medio muslo. Apreté la mano con saña, quise sentir el crujido al interior del papel, corroborar mi posesión del cuerpo de la araña, mi posición de poder frente a su relativa pequeñez. 


     Nada tronó, nada crujió allí dentro. En cambio, el cosquilleo había trepado hasta mi hombro. Terminé por desenvolver el pañuelo. Lo sacudí con fuerza, segura de que vería a la araña caer al piso, por supuesto, muerta. Porque no podía ser de otra manera. Aún así, ahora era en el cuello donde sentía el cosquilleo como ocho diminutos puntos de contacto que no paraban de moverse sobre mí, de acercarse cada vez más a mi cara.


     No fui capaz de esperar a voltear al suelo y constatar que allí estuviera la araña. Corrí al espejo, tenía que verme, confirmarlo con mis propios ojos, que eso que sentía ahora sobre la mejilla no era más que una ilusión creada por mi mente, alimentada por mi fobia. 


     Pero no alcancé a llegar al espejo, porque en mi campo de visión entró una delgada línea negra que no podía ser otra cosa que… 


     Antes de que terminara de formular el pensamiento, mis manos ya estaban sobre mi cara, rascando, sacudiendo, golpeando. Entonces oí a mi gato. A su maullido le siguió el chasquido que hace con la lengua cuando recoge un insecto del piso y se lo está comiendo.


     Me puse de cuclillas frente a él, y pensé: “¿Qué comes, minino?” Él, como si leyera mi mente, regurgitó al arácnido a mis pies. “¡Gracias, gatito, gracias!”, suspiré llena de alivio.


     Recogí el pañuelo y volví a usarlo para alzar a la araña del piso. Esta vez opté por echarla al escusado, para mayor seguridad. En el baño, por fin frente al espejo, revisé mi cara. Noté un par de rasguños y algunas marcas rojas. Me dio algo de gracia mezclada con vergüenza. Di media vuelta y me alejé de mi reflejo que se reía conmigo de mí misma. Prometí no volver a dejarme ganar por este miedo irracional a las arañas.


     Sin embargo, cuando cerré la puerta del baño, comencé a sentir un cosquilleo trepando por mi pierna...






















jueves, 15 de marzo de 2018

Silencio

Tu boca
cuando calla
qué me estará diciendo


Porque el silencio también habla
el silencio grita
el silencio es eco de ese abismo
que se llama distancia


Un amplificador de soledades
un megáfono del desencuentro
el silencio es aullido
del dolor y del vacío
del temor y del olvido


El silencio es oráculo
de rupturas
y partidas
Es lente y es espejo
de la indiferencia y la apatía


Lo bueno del silencio
es que es muy fácil romperlo
No hace falta más que un hola
o un te extraño
o un te quiero